Voluntarios vascos en La Habana, en una imagen del libro 'Patria y libertad'.

De la Virgen Blanca a Cuba

historias perdidas de álava 21/03/2017 11:36 |0

Muchos alaveses fueron movilizados para combatir a los independentistas cubanos. Fue un desastre de guerra

El 15 de agosto de 1895, la Familia Real española presidió en una plaza de la Virgen Blanca rebosante de ardor guerrero y patriótico la despedida del Sexto Cuerpo de Ejército, destinado a luchar contra los independentistas caribeños. La capital alavesa, con una guarnición importante –el 10% de sus pobladores eran religiosos o militares–, simbolizó la explosión de nacionalismo delirante que provocó aquella guerra antes de perderse.

En enero de 1898, entre las numerosas noticias provenientes de la todavía colonia española, el periódico El Anunciador Vitoriano publica con dos meses de retraso el fallecimiento en combate del soldado de ingenieros Basilio Larracho, de Artziniega. Días más tarde se da cuenta del reconocimiento de una pensión de 50 céntimos diarios a los padres del soldado del reemplazo de 1891, con destino en el regimiento de infantería Galicia, Cecilio Murga, de Ormijana; y del regreso como un héroe del capitán alavés Justo Sáez de Viteri, condecorado por el ataque y la toma de Maragondón, en el archipiélago de las Filipinas.

Vitoria y Álava entera vivieron con una intensidad desconocida todos los avatares de aquella lejana guerra y los periódicos de la época muestran que había avidez de noticias y un debate permanente. Lugares como Las Villas, Pinar del Río, Santiago o Camagüey y palabras como mambises, manigua o trochas se hicieron familiares en tertulias y cafés. También se levantaron algunas voces contra aquella insensatez y el diario La Libertad criticaba la insuficiente acogida a los soldados «enfermos y casi inútiles» que volvían de la Gran Antilla. La colonia había enriquecido a familias locales como los Zulueta, los Aldama o los Arechabala y todavía quedan hoy día en la isla resonancias alavesas como las calles Oquendo, Zambrana y Apodaca, de La Habana, y el cuadro de San Prudencio en la catedral, donado por el obispo alavés Espada.

Damián cogió su máuser

A Damián Eceolaza González de Langarica, quinto del 98 nacido en Araia, el fin de la contienda le cogió con el máuser en la mano, defendiendo con su destacamento un fuerte de madera, cañas y barro, contra los mambises –los rebeldes cubanos–. Damián formaba parte de uno de aquellos pelotones encargados de vigilar el movimiento de los insurrectos en las trochas, caminos bordeados de empalizadas de muchos kilómetros de longitud protegidos por retenes militares. «'Pero si la guerra ya ha acabado', les debió decir un oficial. 'Qué hacéis combatiendo'. Ese es el único relato nítido que nos queda de mi tío abuelo», contaba Alfredo Marquínez, director de la Banda de Araia.

Algo muy fuerte debió pasar por la cabeza de aquel veterano en aquella selva verde esmeralda, tan peligrosa y traidora como hermosa. Sus descendientes le recuerdan fumando caña y rememoran un hecho que cambió la vida de otro Eceolaza: no le llegó a tiempo una carta en la que sus padres le pedían que tardara unos días en regresar, a fin de que su hermano pequeño pudiera librarse del servicio militar. Ni uno ni otro poseían las 1.500 pesetas, el precio de la llamada redención, que les podían ahorrar aquel infierno. El que las tenía se libraba, aunque un sustituto podría ser costeado con 500 o 1.750 pesetas.

Un desecho de 36 kilos

Un desecho de hombre fue lo que apareció en Ibarguren, pueblo próximo a Araia, una mañana de hace más de cien años. Era un fantasma, un esqueleto con carne que no pesaba más de 36 kilos. Su familia no le reconoció y le echó de la casa. Aquel alma en pena que había sufrido paludismo, disentería, alimentación insuficiente y el ataque de todos los mosquitos de Cuba, se llamaba Isidoro Urtiaga Asurmendi y era pobre, otro de los quintos del 98.

Cuenta Jesús María Alegría, Pinttu, que ha conservado la memoria oral de su tío abuelo, que aquel hombre estuvo sitiado durante muchos días por los mambises y realizó una promesa. «Si salgo de ésta prometo ir en peregrinación a la ermita de la Virgen de Luquin», una imagen venerada en Estella.

Prometido y cumplido. Urtiaga salió vivo de la Perla del Caribe y cada año recorría los 25 escarpados kilómetros que separan Ibarguren de Estella por Entzia y Urbasa. Y cuando ya no podía andar porque la edad no se lo permitía, hacía el trayecto en el Anglo-vasco. Pero nunca faltó a su promesa.

Nadie dudaba, después de la derrota, de que aquella guerra fue injusta. Para los cubanos que luchaban por su tierra y para los hijos de los alaveses pobres que surtían las fuerzas expedicionarias. De esa opinión era también Sotero Langarica Ruiz de Azúa, natural de Etura, fallecido a los 92 en Treviño con una memoria extraordinaria. Su hija Esperanza Langarica recuerda que cinco años antes de morir cobró una pensión de 500 pesetas, que luego se elevó a 1.000 merced a un fondo constituido para los ex-combatientes de ultramar. Sotero hablaba tanto de la mayor de las Antillas que acabaron llamándole el Cubano, apodo heredado por sus hijas.

«Siempre nos contaba lo mal que lo pasaron, que el clima era insano, que no había más que mosquitos y que los tenían que matar a pedradas. Decía que aquella isla estaba ya vendida. ‘Nos han traído a morir como canes’, protestaba mi padre», evoca Esperanza.

Aquel veterano de la guerra de Cuba siempre arrastró una pena muy honda. No sabía casi ni firmar, pero tenía un gran valor. Le salvó la vida a un superior matando de un tiro a un insurrecto. El oficial quiso ascenderle por la hazaña, pero el premio se quedó en nada debido a su condición de analfabeto. «Aquello le servía para pedirnos que nunca dejáramos de aprender las cuatro reglas», dice su hija.

Otro natural de Treviño, Santiago Cameno Ugarte, era muy amigo de Sotero. Siempre le decía a todo el mundo: «Langarica me salvó la vida en Cuba» y se profesaban esa indestructible amistad de los camaradas de armas.

También fue un superviviente Fidel Argote, nacido en Sáseta en abril de 1874. Su hijo Emilio, ex-secretario del Ayuntamiento del Condado de Treviño, recuerda que alguna vez le oyó hablar de Weyler, el polémico general español que reprimió con dureza inusitada a los independentistas. Fidel también relataba que sufrían tal miedo con las emboscadas en la selva que «íbamos andando por la maleza espalda con espalda, cada fusil apuntando a una dirección para que no nos soprendiera aquel enemigo fantasma que nunca daba la cara».

Un sombrero de La Habana

Juan Ogueta, natural de Lagrán, no participó en la guerra abierta entre 1895 y 1898. Y, sin embargo, de pocos alaveses se conservan tantos objetos y recuerdos ligados a Cuba. Gran culpa de que se puedan recuperar sus pasos es de su nieto, Antonio Martínez de Baroja, un labrador ilustrado y sabio que hizo de su casa solariega de Villanueva de Tobera (Treviño) un museo a la memoria del siglo.

Ogueta llegó a la colonia con su reemplazo en 1884 «sin saber leer ni escribir y cuando volvió en 1891 era todo un señor. La experiencia en la isla le marcó para siempre», contaba hace unos años Antonio al lado del baúl que cruzó el charco con las iniciales marcadas J. O. Se alistó como guardia civil de caballería, dentro del Ejército de la Isla de Cuba. Estuvo destinado muchos años en la comandancia de Holguín, una ciudad agrícola al norte de la provincia de Oriente.

En un tubo de hierro colgado de la pared conservaba Antonio, como un tesoro, la licencia de su abuelo y su cartilla militar. Una caja de cartón para guardar documentos, unos anteojos, monedas de la época de Amadeo de Saboya han pervivido al paso de los años. Pero entre todos los objetos que evocan aquella epopeya personal de un alavés en Cuba destaca el sombrero colonial de guardia a caballo. Ya ha perdido el tono verde y el color rojo de la divisa, pero todavía puede leerse su procedencia «José Pereda. Calle de la Muralla número 15, Habana. Almacén de Efectos Militares».

Antonio cree que el abuelo tenía metida muy dentro su dura vivencia cubana. «Era muy desconfiado y siempre nos aconsejaba que no abriéramos la puerta sin mirar. De la isla decía que había muy buena temperatura, pero que la gente era vaga porque no necesitan trabajar para comer». Gran jinete, a veces hacía demostraciones y cogía con la mano el sombrero al galope. Aquel admirado hombre del sombrero colonial fue siempre un héroe para su nieto.

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