José Moral, en el interior de la tienda de Máximo Aguirre.

Adiós a las tiendas de Lemon 40 años después

06/01/2017 08:55 |0

La cadena vizcaína de moda femenina echa el cierre a sus últimos establecimientos

La vida es muchas veces un cruce de caminos inesperados. José Moral, un emblema del comercio vizcaíno, estaba llamado a ganarse la vida en una entidad financiera. Sin embargo, el traspaso de su cuñado Juan Manuel Zamora, un exportero del Athletic que vivió varias temporadas a la sombra de Iribar, al Hércules de Alicante le llevó a tomar el relevo de la tienda que había montado junto a Txetxu Rojo. De la noche a la mañana, Moral se vio al frente de un negocio en el que nunca se había imaginado. A los cuatro años de coger las riendas de Fair Play cambió el nombre original del establecimiento por el de Lemon.

Fue otro empresario del sector textil, dueño de Mandarin, el que le dio la idea. Con Lemon se convirtió en uno de los referentes y marcó las pautas del vestir femenino a partir de finales de los setenta. Ahora tiene cinco tiendas, pero ha llegado a contar con 15. No sólo en Bizkaia. En sus tiempos de gloria ideó una ambiciosa expansión que le llevó a abrir locales en Madrid, Vitoria, Logroño... «La expansión se ha quedado en nada», asume. Más de una vez se pilló los dedos. Moral ofreció «calidad» y un estilo marcado por los arriesgados diseños que le diferenciaron del resto. Tuvo ojo para saber desenvolverse con los grandes distribuidores de Italia, país que, a su juicio, marca aún el paso de la moda. «Diseñan escandalosamente bien».

Moral sacaba tiempo de donde podía, ya que durante varios años compaginó su trabajo en el banco con el de Lemon. Eran tiempos en los que el comercio local, sin la competencia de las grandes cadenas y franquicias actuales, mostraba gran músculo financiero y mediático.

«Las bolsas daban estatus»

Su negocio convivió con referencias que han pasado a la historia: Lamana, Las Chanfradas, María Luisa, JR... Durante décadas fue, junto a la también desaparecida For, icono del pijerío bilbaíno. Llevar una bolsa de Lemon era signo de estatus. «Han cambiados los tiempos. Hoy la gente luce con orgullo las bolsas de marcas baratas, pero la nuestra marcaba hasta extremos insospechados», presume. Moral fue uno de los últimos empresarios con escaparate en la elitista Gran Vía. Arriesgó el que más porque el trabajo ha sido «mi hobby y mi vida. Me la he pasado todo el tiempo trabajando. ¿Qué voy a hacer ahora? Ya sacaré algo, pero no sé qué», reconoce.

Lo que sea será junto a Fuensanta Márquez, la mujer con la que se casó en 1972 y la que siempre ha estado a su lado. En casa y en el trabajo, porque era ella la que se encargaba de seleccionar las colecciones. Curiosamente, él jamás ha vendido una sola prenda. Tiene la costumbre de situarse a la entrada de la tienda sin llegar a tratar con las clientas. «Yo me encargaba de las finanzas. Nunca he valido para vender. Me pongo muy nervioso, y más si veo que el cajón no se llenaba como entendía que debía», esgrime.

El tiempo profesional se le escurre entre las manos. Lemon apura los últimos meses de actividad. Bajará la persiana cuando las demás tiendas saquen el muestrario de primavera. Moral cuenta que ha perdido algo de ilusión. También se le ve apesadumbrado por los golpes sufridos por una crisis que desde 2007 ha golpeado con saña al entramado comercial local. «Me marcho sin quebrar, pero pasándolas putas, putas, putas los últimos años», reconoce. Ha tenido que lidiar la «peor crisis» de la historia. «No ha pasado del todo», advierte. Por eso ha decidido plegar velas. «Se habla de recuperación y algo se nota, pero muy poquito, muy poquito. Aquí andamos todos desesperados», relata con pena.

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