Chávez se dispone a devolver un saque.

«De aquí a dos años me gustaría estar entre los 500 mejores del mundo»

nuevos vascos 09/01/2017 17:43 |0

«Cuando vine de Bolivia, estuve un año sin jugar mientras me adaptaba», cuenta este deportista que llegó a Euskadi hace diez años. Hoy suma puntos en el ranking ATP

La historia de Diego Chávez es similar a la de muchos jóvenes latinoamericanos que conocieron la emigración siendo niños. Unos se iban de sus países, otros veían partir a sus padres. Y otros tantos, como él, experimentaron las dos caras del proceso: despedir a quienes se iban y marcharse un tiempo después al destino elegido por los primeros. Así fue el comienzo del siglo XXI para miles de familias en América Latina, desde Ecuador y Colombia hasta Argentina y Bolivia, el país donde él nació.

Lo que diferencia a Diego de muchos otros chavales que llegaron al País Vasco en esos años es su talento deportivo y la constancia que ha tenido para entrenar hasta convertirse en un tenista profesional. A día de hoy, este joven boliviano es el campeón de Euskadi absoluto, ha ingresado en el ranking ATP y tiene serias posibilidades de competir por la Copa Davis, formando parte del equipo de Bolivia. «Mi meta es mejorar cada día y ver hasta dónde puedo llegar», dice con una solvencia que camufla sus 21 años de edad.

213.862

bolivianos residen en España. De ellos, 11.994 se encuentran afincados en Euskadi

Y es que, a pesar de su juventud, Diego es todo un ‘veterano’. El deporte lo cautivó desde la cuna. «Empecé a practicar tenis cuando tenía cuatro años, en Bolivia, pero iba a los partidos desde mucho antes. Mi padre era entrenador y mi madre iba a ver los partidos cuando estaba embarazada, así que desde entonces estoy ligado a este mundo», relata con simpatía. «Recuerdo que cuando mi padre iba a dar clases yo iba pegadito a él. Me encantaba acompañarlo. El tenis siempre ha sido algo imprescindible en mi vida», agrega.

En 2003, cuando él tenía ocho años, su madre emigró a Euskadi. La decisión, aunque muy dura, no era algo excepcional en ese tiempo. Por el contrario, era tendencia. La madre de Diego fue una de las 15.485 mujeres bolivianas que, según los datos del INE, cruzaron el Atlántico ese año. Buscaban expandir los horizontes, las perspectivas de sus familias. «Ella vino a trabajar y, por suerte, le fue muy bien. Yo me quedé en Bolivia con mi padre, mi abuela y mis hermanos, hasta que mi madre pudo traernos a todos». Para entonces, habían pasado tres años.

Diego llegó al País Vasco en 2006 y lo recuerda como «un cambio bastante brutal». Muchas cosas se alteraron. «Dejé a mis amigos de la infancia, la escuela de siempre, lo que conocía. Y me encontré con un idioma totalmente nuevo. En el colegio, las lecciones se daban en euskera, así que tuve que aprender a toda velocidad, con clases de refuerzo, para poder manejarme y entender lo que me decían». No le faltaron desafíos durante el primer año, que dedicó a su adaptación. «Estuve un año sin jugar al tenis, hasta que me fui acomodando. Entonces, sí, volví a entrenar».

Sin perder la pista

Empezó en Barakaldo y poco después se pasó al Club de Tenis Fadura, donde sigue hoy. Pero también aquello le planteó nuevos retos. «Yo estaba acostumbrado a jugar en tierra batida y en altura», observa. Cochabamba, su ciudad, está a 2.500 metros sobre el nivel del mar. «Aquí tuve que aprender a jugar en pista dura y a comprender el sistema de entrenamiento, que también era distinto. Por suerte, me hice muy amigo de mi entrenador y poco a poco fui mejorando».

0,5%

es el porcentaje de este colectivo sobre el total de la población española

Diego es cauto y se plantea objetivos realistas, aunque no por ello poco ambiciosos. «De aquí a dos años me gustaría estar entre los 500 mejores del mundo. Sé que no es fácil, pero también creo que con dedicación y sacrificio se pueden hacer muchas cosas. Puedes tener aptitudes o talento, pero la disciplina y el esfuerzo es lo que marca la diferencia», opina el joven tenista, que tiene como referencia deportiva a Rafa Nadal. «Siempre me ha gustado por su carácter, por la capacidad para luchar cada punto y por la fortaleza mental. También me gusta Andy Murray; un atleta. Pero Nadal es impresionante».

Cuando le preguntan por su mejor partido, Diego responde sin dudar. «Fue hace dos años, cuando conseguí mi primer punto ATP. El partido duró cuatro horas, se definió en el tercer set. Iba 5 a 1, abajo, y conseguí remontar. Gané en el tie break y me metí en el ranking ATP. Fue increíble», recuerda. Momentos así ponen en valor el sacrificio de sus padres, que muchas veces lo acompañan y alientan en los partidos. «Cuando juego fuera de España, viajo solo y me apaño como puedo para controlar un poco los gastos. Cuando juego aquí, sí, mi familia y mis amigos están presentes. Ese apoyo suma mucho y se agradece».

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