El Alavés se instala en la gloria

08/02/2017 23:28 |0

El cuadro vitoriano supera al Celta en un partido muy serio y se cuela en su primera final de la historia en la Copa del Rey

Éxtasis en Mendizorroza. Explosión de felicidad. Una noche -y seguro que una madrugada- inolvidable en Vitoria. El Alavés, un equipo recién ascendido que sorprende por su carácter rocoso, por su orden y disciplina, se clasificó para la primera final de su historia de la Copa del Rey. «Sí, sí, sí, nos vamos a Madrid», gritaba el estadio, emocionado, al término del encuentro. Cuando la eliminatoria, igualada, se encaminaba a la prórroga, una genialidad individual de Edgar Méndez rompió el empate e instaló a los babazorros en la gloria. El 27 de mayo, se enfrentará al Barça, a ese equipo que ya ganó en el Camp Nou, en el duelo decisivo del torneo del ko. Nadie se lo esperaba, ni el más optimista de los vitorianos pensaba al inicio de la competición que este grupo llegaría a la cima, pero lo ha logrado, con sufrimiento final, con una prolongación de más de seis minutos.

Será una noche la de este miércoles para la leyenda. El Alavés tumbó al equipo que había ganado al Madrid, todopoderoso líder de la Liga. Una jornada que tardará en olvidarse en Vitoria, que sucederá a aquella final de Dortmund, perdida de manera cruel, contra el Liverpool, en 2001. 16 años después, otra final, otra cita maravillosa, sabrosa...

El Alavés regaló a su afición una noche imborrable, cimentada en una fenomenal segundo tiempo, en el que dio un auténtico baño a un Celta sobrepasado, que aguardaba agazapado algún error -Wass lanzó fuera una pelota en el área pequeña cuando era casi más fácil meterla- de un equipo construido de una manera magnífica, con las ideas muy claras. Un cuadro de autor, obra del arquitecto Pellegrino, labrado en piedra. Tras una primera mitad nivelada, con ocasiones para ambos conjuntos -Pacheco, un seguro, salvó a los vitorianos en un tiro cruzado de Iago Aspas, el peligro; e Ibai lanzó una falta con su precisa pierna derecha que rozó el larguero-, el conjunto local se vino arriba, cogió la pelota, y comenzó a acumular ocasiones en la portería de un Sergio Álvarez que tuvo más trabajo que una dependiente de una franquicia de moda en el primer día de las rebajas.

Nada más arrancar la segunda mitad, los babazorros gozaron de un par de oportunidades, y el árbitro se comió un penalti a Feddal. Poco después se produjo ese fallo de Wass, producto de la falta de contundencia de la zaga local, uno de sus pocos despistes. Le llegó el balón al danés, quizá no se lo esperaba, y lo tiró fuera. Pero la posesión era del Alavés, un grupo atento, enchufado, rápido a los rechaces. Ibai, desde fuera del área, conectó un fuerte disparo, que le salió demasiado centrado. A continuación, sin respiro, Deyverson lanzó demasiado alto una contra. Se precipitó una pizca, quizá podía haber aguantado un poco más, pero es muy fácil decirlo desde fuera. Poco después, un envenanado centro de Theo lo desactivó el meta gallego.

Felicidad y nervios

No podía hacer otra cosa el Celta que achicar agua. Aunque cuando se desquitaba del orden vitoriano, de la defensa férrea, creaba peligro. De nuevo, Wass, con un cabezazo, gozó de la oportunidad de adelantar a los vigueses. Pacheco atrapó el balón sin problemas. Pasaba el tiempo, se miraba a la prórroga. Los entrenadores echaban cuentas, miraban el cronómetro, y cavilaban si era posible hacer una sustitución o mejor aguardar un poco más, por si había tiempo extra. Pero Edgar Méndez destrozó todas las estrategias, todos los planteamientos, sobre todo de un Berizzo que parecía que fiaba todo a una diana a la contra. El canario aprovechó una prolongación de cabeza de Camarasa para coger la varita y, tras varios regates, cruzó el esférico al punto exacto en el que Sergio Álvarez no podía llegar. Explosión de júbilo en Mendizorroza. Lágrimas de alegría.

Restaban poco más de diez minutos y la prolongación. La felicidad se mezclaba con los nervios propios de saberse a alrededor de un cuarto de hora de la proeza, de entrar en la primera final de la Copa en la historia de un conjunto edificado con cedidos de varios equipos, descartes de algunas formaciones, pero conjuntados a la perfección por el entrenador de Ciudad de Córdoba. Bufandas al viento. Al llegar al noventa, un vuelco al corazón: seis minutos de prolongación. Una exageración, demasiado. También con las aproximaciones de los vigueses. Pero solo fueron sustos. Porque el billete es para el Alavés. En la gloria. Fuegos artificiales para celebrar el pase, y por la megafonía una canción: ‘Mi gran noche’, de Raphael. Ayer fue la gran noche de los vitorianos. Y esperan tocar el cielo el 27 de mayo, ante el Barça. Por ilusión que no quede.

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