Zugarramurdi, donde las «malas vecinas» eran las «brujas»

isla mujeres 08/02/2017 00:12 |0

Nada, salvo creencias populares, queda en esta aldea navarra de la caza de brujas que tuvo lugar a principios del XVII

En Zugarramurdi, un paraje natural de una belleza incomparable, un pueblo rodeado de pinos y castaños que cuenta con una imponente cueva cuyas dimensiones, 120 metros de largo por 12 de altura, igualan las de la dramática historia que esconde, hoy en día «ya no quedan más que recuerdos sobre las brujas», sostiene Koro Irazoki en 'Las brujas de Zugarramurdi'. Tan sólo permanece la versión popular, y apenas nada de la versión histórica de cuanto sucedió. «No se habla de fechas, no se sabe hacia qué años se vivió la 'época de las brujas', sólo se habla de que 'ocurrió hace mucho'. Lo que sí saben es que en cierta época el pueblo vivió atemorizado por la creencia de que existían malas personas que se juntaban en las cuevas para adorar al diablo, que eran capaces de hacer mal a animales, casas y campos, de robar o de incluso raptar y matar gente». Por eso, explica esta historiadora, los habitantes del pueblo tenían sus propios métodos de defensa, como, por ejemplo, colocar en la puerta de casa una cruz hecha con dos palos de fresno y una ramita de laurel para que una bruja no entrara. O si lo conseguía, echaban un puñado de sal al fuego y con el crepitar la bruja perdía sus poderes, pensaban. Y llegaban a colocar los dos dedos índices en forma de cruz y decir 'púyes' o 'Jesús' si se encontraban frente a frente con una.

Tampoco se comenta nada en esta aldea navarra, revela Irazoki, de cómo finalizó el más célebre proceso contra la brujería de la Inquisición española, ni tan siquiera de que ésta tuviera algo que ver al respecto. Hasta para eso se encomiendan a una creencia popular según la cual las brujas se volatilizaron un 15 de agosto (el día de las fiestas patronales), cuando todo el pueblo se reunió en la iglesia desde donde en procesión bajaron hasta las cuevas. «Una vez allí el cura realizó una serie de rezos y bendijo un robo de granos de mostaza, tras lo cual toda esta mostaza fue esparcida al viento por todos los rincones de la cueva, con la idea de que a partir de ese momento las brujas desaparecerían y no volverían a aparecer en tantos años como granos de mostaza había en aquel robo. Y quien cuenta esta leyenda termina diciendo '... y como puedes comprobar, hoy es el día en que no hay brujas en Zugarramurdi'». Todo ello pese a las rigurosas investigaciones históricas llevadas a cabo sobre la caza de brujas llevada a cabo al filo del año 1600, un acontecimiento que hizo que se extendiera «por toda la cuenca del Bidasoa y Baztán un auténtico terror entre la población euskaldun hasta el punto de diseñarse una especie de solución final», expresa el escritor Mikel Azurmendi, autor de 'La brujas de Zugarramurdi. La historia del aquelarre y la Inquisición'.

«En constante querella»

Lo que sí ha permanecido y se ha comprobado es que, antes de que la Inquisición las convirtiese en monstruos, algunas de las protagonistas de este suceso no contaban con las simpatías de sus vecinos. No es que fueran unas santas, desde luego. «Estudiando las confesiones se ve que todas ellas se encontraban en constante querella con sus vecinos. Que en cuanto se les presentaba la ocasión, robaban. Y que cuando eran pescadas in fraganti se llevaban buenos palos. Pero hay que tener en cuenta que en una sociedad rural donde se cree en las brujas, 'malas vecinas' es sinónimo de 'brujas'», y en el pueblo hicieron todo lo posible por verlas sufrir y acabar con ellas, las acusaron de brujería. Esa pequeña parte de cuanto sucedió, aquella atmósfera cargada de rencores y de cómo a través de esas rencillas entre mujeres y disputas entre familias se dejó entrever la intolerancia de la sociedad respecto a la vida privada queremos recordar hoy, de forma somera, en Isla Mujeres.

Los sucesos brujeriles en Zugarramurdi ocurren a la vuelta desde Francia de una joven, María de Ximeldegui, francesa pero nacida y crecida en Zugarramurdi, pero que cuatro años antes había emigrado con sus padres franceses hacia el puerto de mar. La chica narra que ha vivido hechos brujescos con reniego de Dios y de la Virgen. Les asegura que, merced a una curación casi milagrosa que ha tenido, también ha sanado del mal brujeril, pero acusa de connivencia a una compañera que, cuando ella se marchó a Francia estaba soltera pero que, a su regreso, estaba casada con un muchacho del pueblo. ¿Envidia por parte de Ximeldegui? Es evidente. El caso es que, a su vez, esta amiga se siente presionada por los vecinos hasta tal punto que se confiesa bruja pero, al mismo tiempo, acusa a otras tres mujeres de cometer hechos increíbles, como haber desarmado la muela de un molino subiéndolo encima de un cerro, haber echado a perder todas las berzas plantadas en un huerto y otras acciones por el estilo. En suma, fue el terror a los dignatarios eclesiásticos lo que propició que muchas mujeres creyeran efectivamente que estaban poseídas por el demonio y, en términos generales, asumían su devoción por Satanás con mucha tranquilidad. Pero en todo caso, la envidia no fue menos decisiva. Si una mujer era bonita, bruja segura. Si tenía fortuna, bruja. Si encontraba buen marido, bruja. Si la vecina caía enferma, bruja. Brujas por desdenes, por amores, por riquezas o miserias... las brujas inundaron Zugarramurdi y fueron condenadas sin remedio tal y como siguió sucediendo, durante un siglo después, en toda Europa.

Cuenta Jules Michelet en 'La sorcière' (la bruja), conocido en España con el título 'Historia del satanismo y la brujería', uno de los libros más importantes en la disciplina del análisis histórico escrito a finales del siglo XIX, que «allá por el siglo XVII los vascos eran gentes que miraban al mar antes que a la tierra. Se lanzaban en sus barcos a la caza de la ballena y durante meses y años permanecían lejos de sus hogares». Que «las mujeres pasaban horas mirando el horizonte, esperando a sus maridos o amantes (...) Se sentaban en los cementerios y allí hablaban de la vida, de la muerte y, sobre todo, de las reuniones nocturnas: los aquelarres. Los marineros no amaban a sus esposas. Cuando volvían, la casa estaba llena de mocosos harapientos a los que no podían reconocer como hijos propios». A las mujeres, concluye sin miramientos, «la naturaleza las hacía brujas».

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