Colegios con pocos libros

15/02/2017 18:47 |0

ELCORREO pasa una mañana en una escuela de Elorrio que apuesta por un tipo de educación alternativo. Lo primero que hacen los niños al llegar a clase es contar cómo se sienten: felices, tristes o enfadados. «La inteligencia emocional es un aspecto fundamental de la educación»

A Margolin le pasa como a aquel chaval del anuncio del bollo, que le salen amigos por todas partes. Observa estática desde la estantería el trajín de los pequeños en la clase y aunque es una muñeca de trapo los niños la tratan como una compañera más. Ellos no lo saben pero Margolin les está ayudando a hacerse mayores, a crecer, a adquirir responsabilidades, a manejar la frustración... Porque eso también se aprende en la escuela.

Al menos en esta, Maria Bitarteko de Elorrio, 'Las Misioneras' como les conocen en el pueblo. Es uno de esos colegios que ha apostado por una educación alternativa, integral y que bebe de la filosofía de la educación de los países nórdicos. En las aulas hay pizarras y libros... y unos muñecos con cara de estar tristes, enfadados y contentos con los que los alumnos trabajan la inteligencia emocional. Una asignatura que no está incluida entre las obligatorias ni aparece en los libros de texto tradicionales.

«En otoño salimos a jugar con las hojas, en invierno les sacamos a la calle para que sientan la lluvia en la cara o toquen el rocío cuando hiela, en verano hacemos picnic...»

«Lo primero que hacen al llegar a clase es contar cómo se sienten. Y en función de si están alegres, tristes o enfadados colocan su foto al lado de uno u otro muñeco». Eva Padilla, directora de este centro de infantil de Elorrio donde estudian medio centenar largo de niños de 0 a 5 años, nos enseña el resultado de esa mañana: hay tres niños que han pegado su foto en el muñeco tristón; el resto, como una campanilla. «Uno ha contado que ha estado malito, otro que ha llorado al entrar al cole y otra niña que su ama no le ha dado más galletas».

Van a dar las diez de la mañana y ELCORREO se ha colado en el aula, a observar el discurrir de una mañana de colegio en este peculiar centro de Elorrio, que experimenta un modo de enseñar distinto y que reparte el tiempo entre la formación académica y la otra, la que no se mide con notables o sobresalientes. «Es fundamental que los niños aprendan a gestionar sus sentimientos. Aquí cada día los alumnos eligen un rol distinto. Uno es el andereño y le pongo hasta la bata, otro es el enfermero y trae unas tiritas, otro es el encargado de contar el cuento, otro el que mira por la ventana y nos dice qué tiempo hace, o si han salido ya las ovejas...».

Eva muestra la txapela que se pone cada mañana el encargado de la clase.

Asoman (las ovejas) a media mañana por el prado que está junto al colegio, que sirve de patio de juegos y campo de experimentos. «En otoño les saco a jugar con las hojas que se caen de los árboles, les encanta lanzarlas al aire, en invierno llueve y salimos a sentir la lluvia en la cara, a tocar el hielo y el rocío, en verano hacemos picnic...». Se trata, dicen, de aprovechar las magníficas condiciones que brinda el entorno. Y de conocerlo, claro.

«Cuando yo era niña mi madre me decía: 'Vete donde Isidro el carnicero y traeme...'. Ahora los niños no se mueven así en el pueblo, apenas lo conocen porque no juegan en la calle como hacíamos antes». Por eso en el colegio les sacan: a la iglesia, a la plaza, al río a ver los patos y echarles trozos de pan... Hoy toca visita al Ayuntamiento, con los alumnos de 3 y 4 años (serán unos treinta). Enfilan el camino de dos en dos, cogidos de la mano, y con media docena de profesoras (todas son mujeres en este centro) que vigilan el paso ordenado de los niños. «Acordaros que somos mariposas y que andamos despacito, despacito», advierten las andereños con éxito relativo porque algunos chavales, normal, están a lo suyo. «Esta chaqueta es de fútbol americano», cuenta uno.

¿A quién vais a conocer?

¡A la alcaldesa!

Gritan a una pero cuando aparece la alcaldesa se les ve cohibidos. Así que Idoia Buruaga (EH Bildu) toma la iniciativa. «¿Sabéis lo que hacemos con el dinero que recogemos aquí? Arreglamos las calles, o las farolas cuando se han fundido, ponemos columpios nuevos...». Más o menos ordenados van pasando por las diferentes salas, conociendo a los trabajadores del Ayuntamiento, y se les ponen los ojos como platos cuando la alcadesa les hace entrar «en un pasadizo». «¡A ver si nos perdemos!».

No se pierden, si acaso un poco con las explicaciones. «Este señor es Luis y tiene en la cabeza todos los cables que hay debajo de las aceras. Porque por ahí van las tuberías del agua, los cables del teléfono y la luz, ¿sabiáis?». En la oficina de Urbanismo les explican que si hacen obras en casa y quieren arreglar el baño, por ejemplo, «hay que pedir permiso aquí, porque igual no se pueden tirar todas las columnas, y todo eso hay que mirarlo bien». Les cuentan que están preparando también «una caseta para el burro» en el pueblo, les explican qué se hace en el departamento de Igualdad («¿jugáis todos juntos en el recreo? ¿alguna vez os han dicho 'tú no juegas porque eres chica?'», y ellos dicen que no, que juegan juntos, a la cuerda, al patinete o a lo que sea), y cómo se trabaja en el salón de plenos, donde se deciden las cosas «a mano alzada, como en la gela». La visita acaba con una foto de grupo y reparto de caramelos, «que Olentzero trajo muchos y no los hemos acabado».

La alcaldesa de Elorrio,Idoia Buruaga, muestra, en el salón de plenos con los chavales.

La excursión al Ayuntamiento (apenas cinco minutos de paseo desde el colegio) ocupa media mañana y sobre las doce, vuelta al cole, a comer. Y a seguir por la tarde, ya que las clases empiezan a las 9.30 y terminan a las 16.30 horas, aunque ofertan un generoso servicio de guardería hasta las siete y media de la tarde.

Antes de entrar de nuevo en el colegio Eva llama la atención sobre el edificio, un caserón fantástico de interés patrimonial. Pero no es tanto eso. «Aquí aprovechamos todos los recursos que tenemos a mano para aprender. Por ejemplo, los magníficos balcones de la escuela. Araceli (una trabajadora del centro) se dedicó una mañana a abrir y cerrar los ventanales y así aprendieron los más pequeños la diferencia entre abierto y cerrado, entre arriba (Araceli asomaba por el balcón de arriba...), y abajo (... y luego por el balcón de abajo), derecha e izquierda (idem), como hacían en 'Barrio Sésamo'. O aprenden los números contando las ventanas que tiene el colegio. No hacemos tantas fichas como en otras escuelas, pero aprenden igual».

«En todas las clases tenemos niños que siempre están diciendo: 'yo, yo, yo' y se ofrecen para hacer todo y otros, sin embargo, que agachan la cabeza y nunca participan»

Bueno igual no. «El año pasado recuerdo que teníamos un niño al que le asustaba mucho el viento. Pues se fue trabajando ese aspecto con él hasta que fue capaz de salir a la calle sin sentir miedo aunque soplara fuerte. En todas las clases tenemos niños que siempre están diciendo: 'yo, yo, yo' y se ofrecen para hacer todo y otros, sin embargo, que agachan la cabeza y nunca participan. Bueno, pues eso se tiene en cuenta y a los primeros se les enseña que aunque en casa sean los reyes aquí son uno más y no siempre pueden ser ellos el centro de atención. Con los más tímidos, por el contrario, se trabajan las habilidades sociales y se les enseña a hablar delante del grupo sin que se sientan mal».

Lo hacen a través de dinámicas tan sencillas como el reparto de galletas. «Cada día le toca a uno. Y hay niños que siempre quieren repartirlas y que como no pueden hacerlo se frustran y se enfadan. Pues eso se trabaja. De la misma manera con el que nunca quiere hacer el reparto».

Acaban las clases y el animado colegio (está lleno de dibujos del arco iris, de personajes de cuento, incluido Epi el de 'Barrio Sésamo', hay un tobogán dentro del aula, una cocinita, imágenes de niños alegres y tristes para que aprendan a diferenciar las emociones...) se queda vacío. Solo hace guardia Margolin, la mascota de los pequeños, que únicamente sale del aula los viernes. «Cada fin de semana se la lleva un niño a casa. Y hace actividades con la muñeca, como ir a las barracas, a comprar al supermercado, a visitar a la abuela, al cine... Las familias sacan fotos de las cosas que hacen con Margolin y me las mandan por WhatsApp. De manera que el lunes las imprimo y enseñamos a toda la clase qué ha hecho Margolin ese fin de semana. Es bueno para los niños, porque empiezan a hacerse responsables de algo, en este caso de una muñeca». Y Margolin encantada, porque no le faltan amigos.

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